La locomotora alemana acelera con combustible verde

Hace unos días leíamos que el nuevo pacto de gobierno en Alemania ponía la sostenibilidad y la transición ecológica en el centro de su hoja de ruta. El acuerdo entre socialdemócratas, liberales y verdes dibuja un cambio de paradigma que refunda la economía alemana como “social y ecológica”. Sostenible, en una palabra. Son termas solemnes propios de un pacto de gobierno, pero que van acompañados de compromisos concretos que marcarán la agenda política del ejecutivo que a partir del próximo miércoles liderará Olaf Scholz. Adelantos en sostenibilidad tan necesarios como fijar en el 2030 lo deadline de la descarbonización y al 2045 el de las emisiones de efecto invernadero; impulsar el transporte de mercancías en ferrocarril un 25% por su menor impacto ambiental; potenciar los puntos de recarga y los incentivos para superar los 15 millones de vehículos eléctricos el 2030; o acelerar las inversiones en energías renovables, cuantificadas y calendaritzades, para seguir transformando un modelo energético ya sin centrales nucleares. Entre otros medidas, como ven, muy concretas.

No pretendo idealizar la manera de hacer de la política alemana, que también tiene sus contradicciones. Pero los que defendemos la necesidad imperiosa de avanzar hacia la sostenibilidad por la vía de las medidas políticas concretas hemos mirado estos días con envidia el que estaba pasando en este país: la locomotora alemana vuelve a acelerar, y ahora lo hace con combustible verde. Un cambio de velocidad política y social que contrasta con las negociaciones de los presupuestos en Cataluña, que se han reducido a los habituales intercambios de cromos con poca presencia de las grandes cuestiones de la transición ecológica que, cuando se han puesto sobre la mesa, ha estado de una manera epidérmica y superficial.

Estos son los adjetivos que, mirándotelo con perspectiva, tenemos que aplicar a las políticas de sostenibilidad que se han implementado en los últimos años en el Estado español. Es verdad que el gobierno del PSOE y Unidas Podemos ha activado una agenda en este sentido. Un paso adelante que los permite colgarse medallas con muy poca cosa porque venimos de muy abajo, puesto que el PP miraba hacia otra banda. Ahora se empieza a hablar, todavía sin grandes conquistas, de fijar cuotas de reciclaje dignos, de una utilización racional del agua o de ayudas a la rehabilitación de edificios para hacerlos sostenibles a nivel energético. Un tema este último que nos puede servir de ejemplo de cómo hemos hecho las cosas: el Código Técnico de la Edificación de 2007 se hizo con este objetivos de la sostenibilidad de las viviendas, pero hasta el 2013 y con amenaza de multa europea no se legisló para trasponer completamente las leyes europeas de 2002 y 2010 sobre esta materia. Se tuvo que hacer una ley deprisa y corriendo que fue una chapuza y, en definitiva, seguimos teniendo edificios que no son sostenibles y que no ahorran energía, pero con unos hashtags de colores muy vistosas y sin ningún trasfondo.

Es un problema cultural. Percibimos la sostenibilidad simplemente como un expediente con el que se tiene que cumplir, olvidando el propósito de un concepto que es de interés general y tendría que ser percibido como tal por toda la sociedad. Pero es difícil que esto pase cuando tenso una Administración poco proactiva y poco ambiciosa. Me viene en el jefe que Cataluña anunció al 2013 un plan para llegar al 3% de vehículos eléctricos el 2030, hoy 0,32%, la misma semana que Suecia fijaba su objetivo en el 100%, hoy el 40%, y acortando el objetivo al 2025. Sin olvidar que la inyección de dinero público en estas políticas es muy baja, centrifugando el coste del cambio de paradigma hacia el sector privado.

Hace falta un nuevo marco mental para entender que, como han hecho en los países del centro y del norte de Europa, la implementación de políticas de sostenibilidad lo tenemos que interpretar a máximos y no a mínimos, con gobiernos de políticas claras. Y no se valen trapicheos como los del nuevo decreto de renovables, que con la excusa de la transparencia y la participación social a la práctica supone un atraso para las inversiones que necesitamos con urgencia para cumplir con los objetivos que nos hemos fijado en este campo.

Cuando uno Michael Corleone atormentado por los remordimientos se confiesa ante el Cardenal Lamberto al Padrino III (la menos reconocida de la saga, pero que contiene perlas como esta escena) lo jerarca católico que va para Papa le hace una reflexión sobre el cristianismo que nos sirve también para la sostenibilidad. Lamberto insta al mafioso aspirando a filántropo a fijarse en una piedra sumergida a un estaño y le explica que, a pesar de llevar muchos años rodeada de agua, el agua no lo ha penetrado, la misma frustración que, acumula el cristianismo en la sociedad occidental: lo rodea sin penetrarla. Una metáfora que podemos aplicar a la sostenibilidad en el contexto actual.

Necesitamos, pues, que la sostenibilidad nos penetre. No nos podemos quedar con el greenwashing superficial que está explotando el marketing. Tenemos que interiorizar la transición ecológica como un proceso profundo y transversal siguiendo el espíritu de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Y hacerlo desde las grandes cuestiones ecológicas y sociales -que tienen que ordenar legislaciones más ambiciosas que las actuales- a nuestros hábitos del día a día. Aquello de la ética de Kant: “No hagas aquello que si todo el mundo lo hiciera sería una amenaza para la humanidad”. En definitiva, se trata de aplicar el sentido común, que ya sabemos que es lo menos común de los sentidos.

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